Revista – Cocina Territorial en foco

Bienvenido al espacio editorial de la Revista Suma Phayiri, donde reunimos artículos, ensayos, entrevistas y crónicas que exploran la cocina territorial desde una mirada cultural, social e histórica. Esta sección ofrece contenidos en profundidad que muestran prácticas culinarias, saberes ancestrales y experiencias de cocineros, productores y territorios. Aquí abordamos temas que fortalecen la comprensión de la identidad gastronómica regional de Chile, poniendo en valor voces y relatos que enriquecen el patrimonio culinario de nuestras comunidades.

Los sabores en las manos de mi madre: memoria, cocina y tradición en Laonzana

La historia de Cala, una mujer aymara reconocida por su calidez y su cocina, refleja cómo la gastronomía familiar mantiene vivas la identidad, la memoria y los vínculos del territorio en la quebrada de Tarapacá.

Cala preserva sabores familiares que fortalecen identidad y memoria en Laonzana.

LOS SABORES EN LAS MANOS DE MI MADRE

Las manos de Cala, transforman con ternura y cariño los alimentos, conservando los sabores y la tradición de su cultura.

Claudina Máxima Gómez Amaro, Cala o Calita, llamada así cariñosamente por sus hermanos, nacida en Puchurca, un caserío de la quebrada de Tarapacá, quien actualmente vive en Laonzana, entregando el corazón con sus manos. Laonzana se encuentra a solo minutos de puchurca.

Muchos jóvenes por razones estudiantiles se vieron en la obligación de dejar sus pueblos y bajar a la ciudad a estudiar, llevándose los recuerdos vividos con sus madres y hermanos, siendo relevantes aquellos vividos en torno a la cocina; como olvidar mi infancia con ese fogón con leña de peral o de molle, con esas ollas tiznadas que adoraba mi mama, donde preparaba su maravilloso picante de conejo.

Viviendo yo en la ciudad, viajaba periódicamente a ver a mi madre al pueblo de Laonzana, acompañado de tíos, primos y hermanos, en el trayecto pasábamos a comprar queso de cabra en el cruce de Tarapacá; mi madre nos esperaba en el pueblo, para comenzar la jornada con pan amasado en horno de barro, las crujientes sopaipillas calientitas, como parte del regaloneado desayuno. 

Rápidamente después del desayuno, Cala, mi madre, se desaparecía; todos ya sabíamos que estaba en las conejeras, luego de unos minutos aparecía con un par de conejos, preguntando ¿quién me ayuda?, los primeros en aceptar el reto eran los niños, yo no respondía, pero era uno de los primeros que estaba en la cocina, listo para ayudar y dispuesto a recibir órdenes para preparar el mejor picante de conejos.

Al poco rato, comenzaba a chirrear el aceite en la olla y comenzaban a salir los olores inconfundibles del ajo, cebollín, perejil y un leve aroma de comino.

Todos empezábamos a preparar el estómago y el espíritu, comentando lo buena cocinera que es mi madre, que el picante de conejo era uno de sus platos estrellas, pero no se queda atrás con su calapurca, mi corazón se llenaba de orgullo al escuchar esos comentarios y volvía a la cocina para ofrecerle mi ayuda y siempre me respondía” no hijito, ya estoy casi lista”.

Como niños seguíamos jugando en la plaza o en la acequia, esperando ansiosos que nos mandaran a lavar las manos o que nos mandaran a la chacra a buscar cilantro, siempre con la recomendación de que no nos fuéramos a meter en la chacra de don Raúl, ya que este se enojaba; eso indicaba que el momento de disfrutar el picante de conejos estaba a punto, así que rápidamente unos limpiaban la mesa, otros colocaban el pan, los cubiertos, alguien contaba cuantos éramos, otros traían la banca que estaba afuera, ya que faltarían sillas, todos , sin excepción aportábamos para celebrar este rito familiar, y ni hablar cuando aparecían los platos humeantes,  empezaban los comentarios de los tíos, alabando el picante y saboreando cada cucharada, comentando lo feliz que se sentían en su pueblo y lo lindo que este estaba.     

Aun no terminábamos de comer, cuando ya nos estábamos preguntando cuando nos juntaríamos nuevamente para compartir y disfrutar este exquisito picante de conejo…. otros preguntaban si quedaba picante para repetirse otro plato. 

Tiempos hermosos, tiempos de niñez, donde el rito familiar de juntarse en torno a la mesa a comer, el picante de conejo era la excusa de mi madre para mantener fortalecidos los cariños y vínculos familiares.

Recuerdo esos aromas y esos momentos como si los hubiese vivido ayer.

Lo que no son recuerdos son los sabores del picante, ya que Claudina o Calita, mi madre…. sigue preparando ese mismo picante de ayer, con el cariño de hoy.

Si pasas por Laonzana pregunta por la señora Claudina, en su cocina encontraras el cariño y el sabor entregados por las manos de mi madre. CALITA.  

“hay un lugar en el universo, donde deseamos volver…la comida es el vehículo perfecto para llevarnos a ese lugar”

 

Ricardo Palma Gómez

Cocinero Aymara

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Suma Phayiri nació con el objetivo de visibilizar y recuperar las cocinas territoriales del Norte Grande. Desde nuestro origen, nos propusimos preservar sabores, saberes y tradiciones que representan la identidad cultural de nuestras comunidades, impulsando una red nacional de chefs, productores y ciudadanos comprometidos con su legado.

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